División Criminalista – Sección Documentación Personal – UR II Rosario

Pilar se aferró a la mano de su mamá muy fuerte cuando ingresaron a esa oscura sala. Se sintió perdida, cuando apretujada entre la gente, comprobó que solo veía sacos, botones, carteras, cierres relámpagos… Intentó, doblando dolorosamente el cuello y dirigiendo su carita al techo, encontrar con los suyos los ojos de su madre, pero no lo consiguió. El techo y grandes manchas verdinegras oscuras, probablemente producto de la humedad y de la falta de sol, se abrieron ante ella. Desde abajo, veía los labios de su madre moverse a gran velocidad. Primero lo hacían hacia un tapado negro e inmenso, e inmediatamente después hacia una ventanilla ubicada en un extremo del recinto.

A pilar le pareció muy extraño, pero sin duda hacia más frío en esa sala que afuera. El lugar se parecía a una caverna helada y mal iluminada, habitada de pronto por seres presurosos y diligentes, sumergidos en un anonimato uniforme y continuo, sin rostros, solo gorros, camperas, maletines, cierres relámpagos… Sintió un hormigueo en los dedos de las manos y los pies. Tironeó del gamulán de su mamá para llamarle la atención, pero no hizo caso. Quería decirle que debían huir a toda prisa, que tenían que salir lo antes posible de ese lugar espantoso… Fantaseo que corrían tomadas de la mano y atravesaban el lugar casi mágicamente, sin rozar siquiera los sacos y tapados, como si hubieran perdido consistencia, y en un chasquear de dedos se materializó en su mente la calle, ancha y libertaria, como un refugio de intemperie, como lugar seguro, hogar – nido, junto a madre.

Gamboa Gumersindo Valenti! Un vozarrón la sacó de su ensueño, y luego un revuelo de pasos, marchas y contramarchas, que intentaban abrir camino al invocado. Recién ahí su madre pareció recordar que la traía junto a ella, se inclinó apenas y le preguntó si quería ir al baño. Pilar negó con la cabeza. Volvió a tirar del gamulán, y esta vez madre respondió acercándose otro poco. Necesitaba que madre le explicara: ¿Que era lo que pasaba? ¿Por qué no podían irse ahora mismo? Ella suspiró y contestó, con la monotonía y falta de musicalidad que emplean las personas cuando quieren demostrar que ya han dicho algo muchas veces.

Entonces lo recordó todo. Madre se lo había dicho antes de salir, en casa, y luego una vez más en el colectivo. Pero lo que recordó la dejo más confundida y contrariada que antes.

Delsorci Juan Carlos! Vociferó la voz rasposa y masculina de antes. Nuevamente marchas y contramarchas, hasta que alguien se abrió paso entre los tapados, bufandas, portafolios, cierres relámpagos… Pilar pudo ver ahora que se trataba de un hombre canoso, grueso e imponente como su abuelo, pasó muy cerca suyo, y al hacerlo, con gesto rápido y manos nudosas le acarició el pelo. Pilar abrió los ojos y la boca en un mismo movimiento, atónita. Un reguero de emociones se arremolinó en su panza. ¿Es posible que este señor haya venido por lo mismo que madre? No, no era posible… ¿o si lo era? Giró nuevamente el cuello en forma vertical sin abandonar su sorpresa, boquiabierta y excitada, buscando en el rostro familiar algún signo que desmintiera su sospecha.

Arrieta Angélica Susana! Madre avanzó sin soltarle la mano, tan absorta y decidida, que a Pilar le pareció que su mano era un apéndice de madre, estrujada, tironeada dolorosamente. Sintió las mejillas calientes y vértigo en los talones. Marchas, movimiento, contramarchas. Avanzaron.

Un pasillo las llevó a un pequeño patio, y ahí tres puertas de color metálico parecieron confundir a madre. Una se abrió. Pilar volvió a sentir las manos-abuelo-nudosas-señor sobre su pelo desordenado. Entraron a un cuarto más pequeño pero tan frío y desolado como el primero. Una mujer, toda ella de un azul gastado, comenzó a hacer preguntas a madre sin levantar la vista del escritorio, único mueble de la sala.

Quería prestar atención, escuchar las preguntas, las respuestas, pero no podía. Toda su curiosidad se reconcentró en una esponja enorme del tamaño de un ladrillo, oscura, húmeda de tinta. La mujer-azul-gastado tomó las manos de madre y por fin la suya quedó libre. Con un rodillo, manipulándola como si de un muñeco se tratase, le pintó los dedos y luego los fue estampando, uno a uno, sobre papel blanco.

Pilar no podía salir de su asombro. No hacía mucho, maestra había hecho algo similar con ella y otros nenes. Entonces quizás sí, quizás se trataba de eso. Pilar hizo fuerza por acordarse: al final del día les habían permitido guardarlo en la mochila para llevarlo a casa y…
Vamos Pilar, acompañame. Madre se restregó lo restos de tinta con una pasta turquesa, casi fosforescente, que había junto a un piletón oculto detrás de otra de las puertas metálicas y luego dejó correr abundante el agua. Regresaron. Adiós la tinta, el turquesa, las tres puertas, el pequeño patio. Llegaron al pasillo.

Barreto Ramón Casiano! Adentro, en la gran sala, el vozarrón no descansaba, pero tampoco se molestaba en repetir si el nombrado no se daba por aludido.

Baron Carlos Gabriel! Lanzó con el mismo tono amplificado. Una vez más se repitieron incansables los pasos al costado, el movimiento de ganado confundido. Se escucho un lamento, alguien pidió disculpas.

Madre se acercó a la ventanilla y Pilar pudo escuchar una voz que decía: los certificados de conducta se retiran en 15 días señora.

Salieron a la calle. Mientras caminaban, Pilar creyó ver en el rostro de su madre un asomo de vergüenza. Sintió una pena enorme, una pena de abuelo, nudosa, sobre su pelo desordenado.