Cada vez que pensaba en eso le daba dolor de panza. Comenzaba en la boca del estómago y le iba minando el cuerpo de a poquito, extendiéndose por cada milímetro de piel hasta tornarse vertiginoso, como una corriente eléctrica al abrir la heladera con los pies descalzos segundos después de salir de la pileta.
Entonces nada mejor que pensar en otra cosa, y ahí ya era una especialista. Pensaba en fragmentos o en series, musicalmente o en colores.
No se trataba de un juego, más bien pretendía una especie de shock estético. Al cocinar, por ejemplo, alternaba entre los colores, el aroma o los sabores de los ingredientes que utilizaba. Las ensaladas eran un festín de dispersión garantizada: rojos, verdes, morados, en tonos y texturas diferentes. Saltear cebolla para salsas, guisos o tartas se convertía en un túnel laberíntico por el cual ella vagaba con la cuchara de madera en la mano y los ojos nublados.
Y después los sonidos, el ruido de la cuchara contra el borde de la olla, las papas crujiendo en el aceite caliente, la cuchilla en la tabla de picar, el silbido del vapor colándose entre una tapa y su recipiente.
Pero el atractivo que conseguía era terriblemente breve, no bien apagaba las hornallas volvía a sentir el cosquilleo en la panza creciendo. La mayoría de las veces no probaba bocado, dejaba intacto el plato o quedaban las cosas olvidadas en un taper en la heladera. Entonces los ruiditos se extendían fuera de la cocina, repasaba una canción en silencio antes de dormirse, tamborileaba sobre la mesa mientras leía o dibujaba, elegía las palabras por su sonoridad, las frases se tornaban melodiosas. Sabía que en un segundo toda esa actividad podía malograrse, la anestesia buscada viraba en pasatiempo inútil, el dolor reaparecía, primero tímido, conciente de su invisibilidad momentánea, sigiloso, agazapado como un ladrón en puntas de pie en el medio de la noche, seguro de llevar ventaja y de manejar la situación y las coordenadas. De un momento a otro detonaba y comenzaba a crecer como un globo, y ella comprendía que no había modo de despojarse de eso, que ninguna distracción tendría efecto alguno y que ella escalaba hacia la misma idea circular y monótona como única cima posible entre tantas lomitas y montañas redondeadas como panzas.