El amor es una experiencia definitiva, me decía mientras bajaba los ojos y chupaba de la bombilla hasta que se escuchaba ese ruidito típico del mate cuando se vacía, le gustaba hacerlo sonar. Yo no llegaba a entender realmente lo que decía, pero me gustaba que el abuelo me hablara cómo si fuera adulta, así que inclinaba la cabeza y asentía. Nos pasábamos horas bajo las ramas del paraíso que había en el patio, a cuadrille del sol, cebando mates, juntando cosas-flores-bichitos.
El matrimonio rasca pero no pica, decía el abuelo mientras me rearmaba las colitas, siempre, siempre quedaba una torcida, y mientras seguía hablando, hacía un gesto con la mano, como señalando algo en el horizonte y yo lo seguía con la vista.
A veces parecía que le hablaba a alguien más, entonces yo me hacía la distraída y hacía pocitos en la tierra con la punta de mis zapatillas rojas, con la esperanza de que se arruinaran rápido y me compraran otras, no me gustaban esas zapatillas.
Aunque no comprendiera del todo que significaban palabras como “experiencia definitiva”, hablábamos de cosas importantes y yo lo sabía. El abuelo no hacia las preguntas consabidas, no le interesaba la escuela, no media mi altura, no contaba la cantidad de velitas.
Me resultaba graciosísimo escucharlo decir a callarse ranas que va a predicar el sapo… yo era una ranita en un estanque-abuelo, una ranita saltando por el patio.
Volver a casa era el problema, cuando empecinada en subir al auto con un balde de venenitos largaba esas frases del abuelo, desafiante ante la negativa, intentando persuadir o al menos molestar. Volver a casa y explicar que tal la había pasado.