Hundió la nariz para evitar que el aire helado se colara en el hueco que dejaba libre la bufanda y apresuró el paso. Tenía ganas de fumar, pero por nada del mundo hubiera sacado las manos de los bolsillos. El recuerdo del aviso en el diario lo hizo desistir completamente, no quería causar una mala impresión, además faltaban unas pocas cuadras. Le preocupaba sobremanera que sus conocimientos de amateur no cuadraran con lo que se estaba buscando, por eso quería al menos llegar temprano y compensar con deferencia de aprendiz su falta de experiencia en el rubro.
Al doblar la esquina leyó el cartel de letras toscas y desteñidas: Panadería La Ramona, y escrito a mano en un cartón, lo mismo que saliera publicado en el diario: Ayudante facturero se busca. Armador de medialunas. No fumador. Presentarse el Lunes hasta las 7hs.
‘Vengo por el anuncio’. La voz le había salido como un borbotón. Sin molestarse en levantar la vista de la bandeja de tortitas negras que estaba descargando, el hombre de delantal terminó sin apuro lo que estaba haciendo. Luego rodeo el mostrador, lo cual no era nada sencillo, una panza descomunal desbordaba por los costados el blanco delantal, y caminó pesadamente hasta la vidriera del local para arrancar de un tirón, dejando partes de cinta adhesiva en los vidrios, el cartón escrito a mano ‘¿qué anuncio?’ Estaba por contestar pero la sorpresa lo hizo demorarse. ‘Dale pibe, no tengo todo el día, ahí atrás tenés trabajo’.
Cañoncitos de dulce de leche, vigilantes, bombas de crema, pastelitos de dulce de membrillo y de batata, palmeritas, masas dulces, alfajores de maicena, pan negro, pan trenzado, caserito, varillas, miñones, pan con chicharrón, biscochos, biscochitos de grasa, scones, medialunas de manteca, dulces o saladas…
‘Medio de pan sin sal por favor’, la mujer había dejado al descubierto solo una ínfima franja de su cara, algo de nariz y ojos, las manos desaparecían tras la manga del saco en el brazo contrario al estilo monje san franciscano, o por lo menos eso le había parecido a él que no conocía mucho de religiosos y sus vestidos, pero recordaba vagamente algunas estampitas de esas que se venden en el colectivo.
Nildo era quien manejaba la caja, afortunadamente, y el podía entregarse sin interrupciones a las masas y levaduras, a estirar y replegar, a espolvorear con gesto leve sobre la mesa de trabajo puñados de harina, almidón o fécula. Le fascinaban los tarros de dulce de leche a gran escala, los bolsones de harina que descargaban una vez por semana, o dos cuando caían feriados o fechas patrias y la gente se juntaba a engordar en familia.
Ramona no apareció nunca, y el no se atrevió a preguntarle a Nildo sobre esa ausencia, daba lo mismo si homenajeaba a la madre, a una novia de la juventud o si en realidad no había existido nunca. Le bastaba con que La Ramona lo recibiera bien de madrugada, cuando todavía estaba oscuro y el caminaba presuroso las cinco cuadras que separaban la parada del colectivo del local en la cortada.
¿Qué era lo que estaba buscando ahí? No estaba seguro, pero en algún momento lo había tenido en claro sin duda porque fue deliberadamente que se había aficionado a las panaderías.
En un comienzo se contentaba con dar una vuelta por los locales de las que quedaban cerca de su casa y probaba las especialidades de cada una. La de la esquina tenía unos pancitos saborizados que eran una locura, la de calle San Martín sin dudas tenía los alfajores de chocolate más ricos de la ciudad, había otra que no era gran cosa pero había que reconocer que las bolsas de papel en las que servían las facturas constituían un detalle y sumaba muchísimo al conjunto. Casi sin darse cuenta comenzó a ampliar el radio de visita, y al poco tiempo podía realizar inventarios diferenciando por barrios o temáticas: panaderías de zona sur expertas en tortitas negras, de zona oeste garantía en roscas de pascua…
Ahora estaba en La Ramona, amasando el pan que comprarían en unas horas las viejas del barrio, emponchadas por el frío y arrugadas por el tiempo, sonriendo por las zalamerías que les obsequiaba Nildo cada mañana.
Ahora estaba en La Ramona y casi no se acordaba como había ido a parar ahí, pero mientras amasaba comenzaron a entremezclarse con cada pliegue y repliegue, sensaciones, imágenes: labios paspados por los besos, la anotación en el margen de su cuaderno, labios apretados de extrañar tanto.
‘…al amasar el pan. Después de un cierto número de transformaciones, dos puntos cualesquiera (no importa cuan próximos estuvieran en el cuadrado original), se encontrarán fatalmente cada uno de ellos en una mitad distinta…’