las personas con las que soñamos forman parte de nuestra vida,
aún más que aquellas que nos acompañan en la vida despierta
Sonaba una canción hermosa y de un momento a otro la situación se volvió una escena de película muda… se me morían las palabras, a mi y a todos, y hasta se podía ver como se nos caían una a una de la boca como si fueran fideitos de una sopa de letras que se deslizaban lentamente hasta llegar al suelo, a veces se iban para arriba, pero eso sólo sucedía con las expresiones graciosas, y cuando sucedía las seguíamos con la vista y nos reíamos. Tu risa tenía forma de confites de colores, y a mí me daban ganas de comerlos uno a uno, como un caminito que hubieras hecho para mí hasta tu boca…
Mientras preparó café repaso el encuentro, me pierdo en fragmentos inútiles, frases, palabras, imágenes, intento componer un cuadro de pinceladas toscas, aún sin forma definida. Secretamente casi sin pensarlo espero esos momentos fugaces, los cruces en esa ciudad que se ha creado de noche, siempre es de noche aunque no lo sea realmente.
Si pudiera volvería al momento exacto en que comenzó todo, leería nuestros encuentros en clave de un aparato desmontable, tomaría cada uno de ellos como si fueran piezas rotas, piezas que cuidadosamente dispuestas formarían un agregado sensible, un algo con sentido.
Nuestros encuentros, un sabor, un color, una esquina que dobla, un mechón de pelo sobre la frente… detalles ínfimos que perduran en nosotros de modo misterioso y por un tiempo difícil de determinar. Querías formar parte de mi vida y encontraste una forma imperceptible y perfecta.
La otra noche me hablabas y yo tenía la convicción que me decías algo muy importante, algo que cambiaría el rumbo de nuestras vidas para siempre, pero al despertar la escena es muda, tus ojos me miran cómo desde otra orilla, alejándose lentamente
Me desperté con las mejillas húmedas y el sabor de los confites, de noche.