Su perra se llamaba Silvia. Se podría decir que vino con ese nombre, pero no fue así exactamente, sino que del mismo modo en que apareció ella, apareció su nombre.Encontró a Silvia una mañana fría en la puerta de su casa. Se había despertado muy temprano, justo en el preciso instante en que la luminosidad se demora en decidir si señalar o no el comienzo del día. Preparó mate. Estaba bueno. Era reconfortante en plena mañana esa bebida amarga y caliente. Observó el patio desde la puerta entreabierta. Hubiera querido abrirla del todo, pero la contenía la luminosidad empecinada de afuera. Prefería mantener unos minutos más esa sensación de modorra. Buscó sus lentes oscuros. Se los puso. Tres mates más y salió a la calle.Ahí estaba. Era un perro de mirada asustadiza que comenzó a seguirla con expresión distraída. Miró mejor, era hembra. Seguramente esta perdida, pensó, y luego se dijo (y era decisión tomada), si cuando salgo de la panadería aún está, la llevo a casa. Pidió pan negro. Pagó y espero el vuelto. Una vez en la calle la buscó con la vista. Ahí estaba. En el camino de regreso tomó una decisión importante. No podía elegirle un nombre. El nombre tenía que aparecer solo, casi como por contingencia, tenía que aparecer del mismo modo en que lo había hecho ella. Y cuando en la puerta de su casa, casi sentía perder las esperanzas de encontrarle un nombre a la altura de las circunstancias, en el edificio de al lado, una cuarentona que ni siquiera había percibido en un comienzo, vociferó en dirección al portero: ¡Silvia!