Tenía la sensación de haber nacido así: huérfana. De haber llegado al mundo en un repollo. Y esta sensación era mucho más real que las cosas que hoy la rodeaban.
Sus libros. Tantos sin leer todavía. Y aunque esta idea a veces la consolaba, sabía también que no era cierto, que no tenía ninguna importancia que se acumularan como muñecos de infancia en las repisas, porque como muñecos, conservaban cierta capacidad de suscitar emoción quizá, al verlos, o al tomarlos entre las manos, pero de nada servía si ya no se sabía jugar con ellos.
Ella tenía la sensación de haber nacido de un repollo. Y se empecinaba en extender esta sensación de orfandad actual al comienzo de su vida. De esta manera se resguardaba de recuerdos más siniestros, de las sombras en la memoria que hambrientas se paseaban por los cuartos buscando beber de sus horas para mantener el aliento, para sostener una corporeidad: si ocupan tiempo y espacio tienen cuerpo, en tiempo y espacio están presentes.
Cuando la orfandad se instalaba en la casa, había que atenderla. Entonces se entregaba a juegos que una vez retirada la insolente visita, le producían una extraña sensación, mezcla de estupor y vergüenza. ¿De verdad había dedicado días a esa parodia de sí misma? Cuando todo pasaba se volvía claro, clarísimo, la falta de sentido de todo aquello. Pero la certeza de saberse sola en el mundo la hacía estremecerse, y hasta le provocaba cierto placer morboso pensar en que si algo le sucediera (y esta frase aparecía grave, espesa en su mente, afilada como un cuchillo de carnicería), si algo le sucediera podrían pasar días (¿cuántos?) hasta que alguien se diera cuenta.
Entonces comenzaba el juego. Se encerraba en su casa dispuesta a no trasponer la salida hasta que alguien llamara a la puerta o sonara el teléfono. A veces la situación se volvía ambigua y generaba en ella divagaciones interminables: llamaban a la puerta, era un impuesto, ni siquiera una carta que, en el sobre de puño y letra, llevara su nombre, ¿eso valía? Le daba rabia, ¿debía salir? Más de una vez pasaba un conocido, llamaba alguna voz que preguntaba como iba todo y la sacaba de ese embotamiento feroz, de esa espera trasnochada. Otras veces el juego se volvía insoportable. Pasaban días, horas, más días, y entonces sabía que era la verisca verdad, que podía hartarse de esperar, que si un día algo le sucediera… entonces le agarraba una risita nerviosa, una risa que iba creciendo hasta perder la musicalidad que la hacía humana. Se miraba al espejo y comprobaba una vez más que había perdido quilos y ganado ojeras.